¿Quién cuida a la mujer que cuida de todos? Recreación, placer y derecho al disfrute en la mujer adulta
Entre el trabajo, la familia, los cuidados y las responsabilidades cotidianas, muchas mujeres han aprendido a estar disponibles para todos, pero pocas veces se preguntan qué necesitan o disfrutan ellas mismas. Una reflexión sobre el tiempo verdaderamente propio, la recreación, la corresponsabilidad y el derecho de la mujer adulta a descansar, sentir placer y vivir experiencias elegidas para sí misma.
REFLEXIÓN PROFESIONAL CON SUSTENTO ACADÉMICO
Mgtr. Haydeé San Lucas
7/6/202612 min read


¿Quién cuida a la mujer que cuida de todos?
Recreación, placer y derecho al disfrute en la mujer adulta
Mgtr. Haydeé San Lucas P.
ConCiencia en Movimiento
A veces quiero irme
A veces quiero irme. No porque no ame a mi familia ni porque quiera abandonar mis responsabilidades. Simplemente quiero pasar unos días sin que nadie me pregunte dónde está algo que no me pertenece, que yo no utilicé y que, con toda seguridad, tampoco escondí. Quiero despertar sin tener que pensar inmediatamente qué vamos a comer, quién necesita algo, qué problema apareció, qué falta comprar o qué situación tengo que resolver.
Tres días. A veces pienso que necesito solo eso: tres días en los que la primera pregunta de la mañana sea ¿qué quiero hacer yo hoy?
Y no estoy imaginando necesariamente un viaje costoso. Pienso en un lugar tranquilo, quizás cercano y sencillo, donde pueda preparar mi propia comida si quiero, dormir sin horarios, leer, escribir, caminar, escuchar música, salir a conocer algún lugar o sencillamente no hacer nada. Hace años ya tuve la oportunidad de viajar sola y sé que me gusta. La vida fue cambiando, los hijos crecieron, los gastos también, y esas experiencias fueron quedando para después. Pero últimamente pienso que quizás ya es hora de volver a hacerlo.
Mientras pienso en ello, me surge una pregunta: ¿en qué momento la mujer adulta dejó de preguntarse qué disfruta para convertirse en la persona que sabe lo que necesitan todos los demás?
Tener tiempo libre no siempre significa tener tiempo propio
Una mujer puede terminar su jornada laboral y, técnicamente, estar en su tiempo libre. Pero llega a casa y comienza otra lista de asuntos pendientes: qué vamos a comer, si los hijos hicieron sus tareas, quién tiene entrenamiento mañana, qué falta comprar, qué recibo hay que pagar o dónde está la camiseta que alguien más dejó en algún lugar que ahora ella debe adivinar.
Aquí aparece una diferencia importante: no todo tiempo fuera del trabajo es tiempo verdaderamente propio. Si durante esas horas seguimos pendientes de las necesidades de todos, organizando, recordando, acompañando, planificando y resolviendo, quizás no estamos en nuestro empleo, pero tampoco estamos descansando realmente.
Existe además un trabajo que muchas veces nadie ve: pensar en lo que falta, recordar fechas, anticipar problemas, organizar horarios y estar pendiente de lo que necesita cada integrante de la familia. Las investigaciones sobre trabajo cognitivo doméstico muestran que esta carga invisible continúa recayendo de forma desproporcionada sobre muchas mujeres y se relaciona con estrés y agotamiento. No es solamente hacer las cosas; es llevar en la cabeza la responsabilidad de recordar que deben hacerse.
Una mujer puede sentarse una hora en el sofá y continuar trabajando mentalmente. El cuerpo se sentó, pero la cabeza sigue haciendo listas.
Una familia no debería funcionar sobre los hombros de una sola persona
No quiero plantear esta reflexión como una guerra entre hombres y mujeres. Creo en la familia como un equipo en el que las personas se necesitan, se acompañan y se complementan. Precisamente por eso, las responsabilidades deberían compartirse.
Durante mucho tiempo la organización familiar estuvo construida sobre una distribución bastante clara: el hombre trabajaba fuera del hogar y la mujer permanecía en casa ocupándose de los hijos y de las tareas domésticas. Esa realidad ha cambiado. En muchísimos hogares, hoy trabajan ambos. El problema es que la distribución de las responsabilidades dentro de casa no siempre cambió al mismo ritmo.
Todavía existen hogares donde el hombre termina su jornada laboral, llega a casa, se cambia de ropa y dispone de tiempo para salir, conversar con sus amigos, practicar un deporte o descansar. Mientras tanto, la mujer también terminó su jornada laboral, pero al llegar comienza a cocinar, organizar, atender y resolver.
Por supuesto, también existen hombres corresponsables que no necesitan recibir una lista de instrucciones para saber qué hacer en su propia casa. Cocinan, limpian, cuidan, acompañan y asumen responsabilidades porque comprenden que el hogar también es suyo. Reconocerlo es importante, porque la corresponsabilidad no debería verse como una ayuda extraordinaria, sino como una forma natural de convivencia.
Cuando varias personas viven en un hogar, cada una, según su edad y sus capacidades, puede asumir responsabilidades. Los niños pueden aprender a ordenar sus pertenencias; los adolescentes pueden colaborar con tareas domésticas, preparar alimentos sencillos y resolver asuntos acordes con su edad; y los adultos pueden distribuir la limpieza, las compras, la preparación de alimentos, los trámites y el acompañamiento de los hijos.
No se trata de que todos hagan exactamente lo mismo, sino de evitar que una sola persona tenga que pensar por todos.
Y cuando las responsabilidades están mejor distribuidas, también debería existir la posibilidad de disfrutar. Si uno de los miembros de la pareja quiere jugar fútbol con sus amigos, el otro debería poder tomar un café, bailar, ir al cine o realizar la actividad que disfrute. También habrá momentos para compartir como pareja y como familia. El equilibrio no consiste en que nadie salga ni disfrute, sino en que el derecho al tiempo propio no sea privilegio de una sola persona.
¿Cuándo descansar comenzó a producir culpa?
Muchas mujeres sabemos cuidar, acompañar, trabajar cansadas y resolver varias cosas al mismo tiempo. Sin embargo, a veces nos cuesta responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué me gusta hacer solamente porque lo disfruto?
La culpa no aparece únicamente cuando una mujer decide descansar o salir. También puede aparecer por trabajar.
Conozco el caso de una madre que trabaja intensamente y cuyo ingreso representa una parte fundamental del sostenimiento económico de su hogar. Ella sabe que su trabajo permite ofrecer mejores oportunidades a sus hijos, pero también siente profundamente el tiempo que no puede compartir con ellos. Llega a casa tarde y, aunque entiende las razones por las que trabaja, la culpa no desaparece con facilidad.
En ocasiones, ese sentimiento puede llevar a intentar compensar el tiempo que no se estuvo presente concediendo más de lo que realmente se considera conveniente. No porque falte amor ni porque exista desinterés, sino precisamente porque la culpa pesa.
Esta situación merece reflexión. Trabajar para sostener una familia también es una forma de cuidado. Eso no significa ignorar la necesidad de compartir tiempo con los hijos, pero vivir castigándose permanentemente tampoco permite disfrutar plenamente el tiempo que sí se tiene con ellos.
Quizás necesitamos revisar la forma en que nos juzgamos. Buscar equilibrio no solamente en la agenda, sino también en la manera de interpretar nuestras propias decisiones.
Cuando gastar en una misma parece un lujo
Hace un tiempo, una compañera de trabajo me contó algo que todavía recuerdo porque me hizo reír muchísimo, pero también me dejó pensando.
Un día dijo en su casa que iba a poner gasolina al carro. Salió, cumplió con su diligencia y, antes de regresar, decidió hacer una pequeña parada. Se fue sola a un restaurante y se comió tranquilamente un sándwich de chancho.
—Me escapé (nos contaba riéndose). Necesitaba sentarme sola, comerme mi sándwich y gastar solamente en mí.
Regresó a su casa feliz y satisfecha con su pequeña escapada. El problema fue que sus hijos, después de saludarla, descubrieron inmediatamente el delito: ¡había comido chancho y no los había llevado! La habían olido. No necesitaban pruebas ni testigos; aparentemente, cuando se trata de descubrir qué comió una madre fuera de casa, algunos hijos desarrollan habilidades detectivescas extraordinarias.
Entre reclamos porque había comido sola y preguntas sobre por qué no los había llevado, ella terminó diciéndoles algo parecido a esto:
—¡Ya pues, déjenme ser feliz! Yo también necesito un tiempo para mí sola.
La historia me causa mucha gracia porque conozco perfectamente esa capacidad de los hijos para descubrir que una comió algo rico fuera de casa. Tengo una hija con un olfato especialmente afinado para esos asuntos: puedo llegar sin rastros, sin funda, sin factura y, aparentemente, sin evidencia alguna, pero ella sabe que comí algo.
Sin embargo, detrás de la anécdota hay una realidad interesante. Cuando se tiene una familia, incluso una salida sencilla comienza a multiplicarse mentalmente. Si algo cuesta cinco dólares y en casa somos seis, ya no pensamos en cinco: pensamos en treinta.
Así, muchas veces, una mujer que trabaja y recibe su propio sueldo termina destinándolo casi completamente a las necesidades familiares: alimentación, estudios, ropa, transporte, salud, deudas y actividades de los hijos. Todo tiene una razón válida, pero en algún momento puede aparecer una pregunta incómoda: ¿cuándo fue la última vez que utilicé una parte de lo que gano simplemente para disfrutar algo yo?
No estoy hablando de irresponsabilidad económica ni de gastar lo que no se tiene. Hablo de reconocer que quien trabaja, cuida y sostiene también necesita permitirse, dentro de sus posibilidades, alguna experiencia para sí misma. A veces será un viaje; otras veces, un café, una comida, una entrada al cine o aquel famoso sándwich de chancho comido a escondidas... aunque, al parecer, esconderlo de los hijos sea prácticamente imposible.
La recreación no es un premio por haber terminado todas las obligaciones
Desde la recreación entendemos que las experiencias libremente elegidas, significativas y satisfactorias forman parte del bienestar humano. Sin embargo, en la vida adulta muchas veces tratamos la recreación como un premio que llegará cuando todo esté resuelto.
Nos decimos que descansaremos cuando terminemos todo, que viajaremos cuando los hijos crezcan, que volveremos a bailar cuando tengamos tiempo o que algún día retomaremos aquella actividad que nos gustaba. El problema es que siempre aparece algo más que hacer. La casa nunca queda terminada para siempre, los problemas cambian, los hijos crecen pero aparecen nuevas necesidades, el trabajo continúa y los proyectos también.
Si esperamos que todo esté completamente resuelto para permitirnos disfrutar, probablemente vamos a esperar demasiado.
La recreación adulta no debería reducirse únicamente a las vacaciones que tenemos cada año, al ejercicio físico realizado por obligación o a las actividades familiares. Una mujer también puede encontrar bienestar en bailar, nadar, caminar, jugar, pintar, viajar, conversar con amigas, escribir, escuchar música, aprender algo por curiosidad, contemplar la naturaleza, descansar o disfrutar de una experiencia elegida simplemente porque le gusta.
Y sí, también puede disfrutar de su propio cuerpo, de la intimidad, del afecto y de una sexualidad saludable. El placer corporal forma parte de la vida adulta y del bienestar. No tiene que ser el centro de esta reflexión, pero tampoco existe razón para fingir que no forma parte de la experiencia humana.
¿Qué cosas me producen placer a mí?
Esta puede ser una de las preguntas más difíciles del artículo. No estoy preguntando qué disfruta hacer la familia, qué actividad les gusta a los hijos ni qué plan prefiere la pareja.
La pregunta es: ¿qué disfrutas tú?
Quizás disfrutas desayunar sola y sin prisa, bailar, nadar, ir al cine, tomar un café, caminar sin rumbo, leer una novela que no tenga nada que ver con tu trabajo, vestirte bonita para ti, conversar durante horas con una amiga, dormir, viajar, reír o escuchar música a todo volumen.
Y quizás no tienes clara la respuesta. También puede pasar. Cuando una persona lleva mucho tiempo organizando su vida alrededor de las necesidades de los demás, puede necesitar volver a descubrir qué cosas disfruta.
Además, hemos convertido muchas actividades de autocuidado en nuevas obligaciones. Hacemos ejercicio para adelgazar, caminamos para cumplir una cantidad de pasos, leemos para aprender algo útil, estudiamos para obtener otro título y descansamos para recuperar energía y volver a producir.
¿Y si alguna vez hacemos algo solamente porque nos gusta?
Sin medir calorías, sin obtener un certificado, sin convertirlo en emprendimiento, sin publicarlo y sin tener que explicar para qué sirve.
Volver a viajar sola
Hay una experiencia que quiero recuperar: viajar sola.
Ya lo he hecho antes y sé que me gusta. Sin embargo, han pasado muchos años. La vida familiar cambia, los hijos crecen y los gastos crecen con ellos. Poco a poco, aquello que una vez hicimos con naturalidad comienza a quedarse para después.
Ahora pienso que ha llegado el momento de volver a regalarme esa experiencia. No estoy imaginando necesariamente un viaje costoso ni cruzar medio mundo. Puede ser un lugar tranquilo, un alojamiento sencillo donde pueda cocinar, caminar, leer, dormir o salir a conocer algún sitio sin tener que organizar el día alrededor de las preferencias de otras cinco personas.
Quiero a mi familia, pero también necesito recuperar esos espacios. No estoy huyendo de nadie; extraño la libertad de despertar y decidir qué quiero hacer sin tener que resolver inmediatamente las necesidades de otras personas.
Si quiero caminar, camino. Si quiero dormir, duermo. Si quiero salir a comer sola, salgo. Si cambio de plan, lo cambio. Y si quiero pasar dos horas mirando un paisaje, nadie me pregunta cuándo nos vamos.
Para mí puede ser un viaje. Para otra mujer puede ser una tarde de baile, una caminata, una salida con amigas, una clase de natación o cerrar la puerta y dormir una siesta sin interrupciones. No existe una única manera de disfrutar.
Estar sola por elección
A algunas personas les resulta extraño imaginar a una mujer viajando sola, entrando sola a un restaurante o pasando un fin de semana sin compañía. Sin embargo, hay momentos en los que la soledad elegida permite escuchar pensamientos que el ruido cotidiano no deja escuchar.
Permite caminar al propio ritmo, comer cuando se tiene hambre, dormir cuando se tiene sueño, cambiar de opinión, guardar silencio o sencillamente no pensar en nada.
Hemos relacionado tanto la recreación femenina con las actividades familiares que a veces olvidamos que una mujer también puede construir experiencias significativas de manera individual.
Y aquí quiero hacer una precisión importante: aunque este artículo está centrado en la experiencia de muchas mujeres, esta necesidad no es exclusivamente femenina. También existen padres solos, hombres cuidadores y hombres que sostienen emocional, económica y prácticamente a sus familias, acompañan a hijos, padres mayores u otros familiares y han ido postergando sus propias necesidades de descanso y recreación.
Ellos también necesitan tiempo propio.
La reflexión central es sencilla: ninguna persona debería desaparecer completamente detrás de sus responsabilidades.
El derecho al disfrute también necesita condiciones
Sería poco realista decirles a todas las mujeres: “Tómense tres días y viajen”. No todas pueden hacerlo. Existen realidades económicas, familiares, laborales y de cuidado muy diferentes.
Algunas mujeres cuidan niños pequeños; otras acompañan a personas mayores o familiares dependientes; algunas sostienen económicamente sus hogares y otras trabajan en empleos con horarios muy difíciles. Por eso, hablar del derecho a la recreación también implica hablar de las condiciones que permiten ejercerlo.
La corresponsabilidad importa. Las redes de apoyo importan. La organización familiar importa. Y también importa dejar de considerar el tiempo de la mujer como el recurso disponible para resolver todo aquello que los demás no resolvieron.
No todas podrán tener tres días. Tal vez algunas puedan comenzar con treinta minutos realmente propios, después una hora, una tarde o un día. Lo importante es que ese tiempo exista y que no siempre sea lo primero que sacrificamos cuando aparece una nueva obligación.
Cuidarse no es solamente recuperar fuerzas para continuar
Hay algo que me incomoda de ciertos discursos sobre el autocuidado. A veces parece que la mujer debe descansar únicamente para recuperarse y seguir cumpliendo.
Nos dicen que debemos cuidarnos para cuidar mejor, descansar para continuar o recargar energías para volver con más fuerza. Todo eso puede ser cierto, pero el disfrute no necesita demostrar que después nos hará más productivas.
Yo no quiero descansar solamente para volver a trabajar más.
Quiero descansar porque estoy cansada. Quiero bailar porque me gusta. Quiero viajar porque deseo conocer o porque necesito cambiar de ambiente. Quiero disfrutar una comida sin sentir que cada experiencia personal debe tener una utilidad para los demás.
Cuidarse no debería significar únicamente mantenerse funcional para continuar atendiendo responsabilidades. La mujer también tiene derecho a disfrutar por sí misma.
Quizás esto parece obvio, pero para muchas no lo es.
Reflexión final
Todavía no he realizado ese nuevo viaje sola que tengo en mente, pero pienso hacerlo.
Mientras tanto, escribir esta reflexión me ha llevado a preguntarme cuánto tiempo de mi semana me pertenece realmente, cuándo fue la última vez que hice algo simplemente porque me producía alegría, qué actividades he ido postergando y qué responsabilidades podrían distribuirse mejor entre las personas con quienes comparto mi vida.
También me deja una pregunta más personal: ¿quién soy cuando, por un momento, no estoy cuidando, enseñando, trabajando, organizando ni resolviendo la vida de nadie?
Quizás necesitamos volver a encontrarnos con esa parte de nosotras mismas. La que todavía quiere reír, jugar, viajar, bailar, descansar, conversar, sentir placer, descubrir algo nuevo o comerse tranquilamente un sándwich sin tener que comprar otros cinco.
No porque queramos menos a nuestra familia.
Simplemente porque nosotras también estamos aquí.
Y también merecemos disfrutar la vida que tanto esfuerzo nos cuesta construir.
💭 Conversemos
Si tuvieras un día completamente tuyo, sin obligaciones y sin tener que resolver nada para nadie, ¿qué harías? ¿Y si fueran tres días?
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo simplemente porque te producía alegría, placer o tranquilidad?
Quizás vale la pena comenzar por ahí: recordar qué disfrutamos y buscar, poco a poco, un espacio real para volver a hacerlo.
Referencias
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