¿Por qué todos esperan un 10 en Educación Física? Cuando una excelente ejecución motriz no es suficiente para alcanzar la excelencia

¿Por qué una calificación inferior a 10 en Educación Física puede generar más reclamos que una nota similar en otras asignaturas? Este artículo reflexiona sobre la percepción social de la materia, la diferencia entre habilidad física y aprendizaje integral, la presión alrededor de las calificaciones y la responsabilidad que tenemos docentes, estudiantes, familias e instituciones en la construcción de una Educación Física valorada, rigurosa y verdaderamente educativa.

ARTÍCULO DE REFLEXIÓN PROFESIONAL CON SUSTENTO ACADÉMICO

Mgtr. Haydeé San Lucas

7/30/202612 min read

¿Por qué todos esperan un 10 en Educación Física?

Cuando una excelente ejecución motriz no es suficiente para alcanzar la excelencia

Por: Mgtr. Haydeé San Lucas P.

ConCiencia en Movimiento

“Pero, Profe… ¡es Educación Física!”

A lo largo de mi vida profesional he escuchado muchas frases relacionadas con las calificaciones en Educación Física. Algunas me han causado gracia, otras me han hecho reflexionar y unas cuantas me han preocupado.

—Profe, pero es una vergüenza no sacar 10 en Educación Física.

—¿Por qué tengo 9,90 y no 10?

—Pero es Educación Física, Profe.

—Tengo mala nota.

Esta última frase podría parecer comprensible hasta descubrir que la “mala nota” era superior a 9 sobre 10.

Entonces surge una pregunta que considero necesaria: ¿por qué existe la idea de que todos los estudiantes deben obtener 10 en Educación Física?

Un 9,30 es una excelente calificación. Un 9,80 también lo es. Incluso un 8 puede representar un buen desempeño, dependiendo de los criterios establecidos y de los aprendizajes demostrados. Sin embargo, en nuestra asignatura parece existir una expectativa diferente: si el estudiante participa, tiene cierta habilidad física o simplemente asiste a clases, debería obtener automáticamente la máxima calificación.

Y cuando eso no sucede, aparece la sorpresa.

El problema, a mi criterio, no está únicamente en el deseo de obtener una buena nota. Es lógico que un estudiante quiera alcanzar los mejores resultados posibles. La cuestión está en lo que esa exigencia revela sobre la manera en que todavía se percibe nuestra asignatura.

La Educación Física sigue siendo, en muchos contextos, una asignatura subvalorada o considerada menos rigurosa que otras áreas del currículo, una percepción que también ha sido documentada en investigaciones sobre la marginalización de la disciplina y de sus profesionales.

Una buena ejecución física no lo es todo

Imaginemos a una persona que conduce un vehículo de manera extraordinaria. Tiene excelentes reflejos, controla perfectamente el automóvil y puede realizar maniobras complejas con gran habilidad.

Pero no respeta los semáforos, conduce a velocidades peligrosas, ignora las señales de tránsito y pone en riesgo a otras personas.

¿Diríamos que es un conductor excelente?

Si evaluamos únicamente su capacidad técnica para manejar el vehículo, quizás sí. Si evaluamos su desempeño de manera integral, la respuesta cambia.

Algo parecido sucede en Educación Física.

Un estudiante puede correr muy rápido, saltar lejos, lanzar con potencia, dominar una técnica deportiva o aprender una secuencia de movimientos con facilidad. Todo eso tiene valor y debe ser reconocido. Pero la Educación Física escolar no tiene como único propósito identificar quién corre más rápido o quién tiene mayor talento deportivo.

La Educación Física es un área formal de aprendizaje, con contenidos, objetivos, estándares y procesos de evaluación; no es simplemente un espacio de actividad física libre dentro de la jornada escolar.

Por eso, un estudiante puede ser muy bueno físicamente y no alcanzar la máxima calificación si los criterios de evaluación incluyen otros aprendizajes que no ha demostrado de manera consistente.

La nota no niega su capacidad física.

Simplemente muestra que ser hábil no es exactamente lo mismo que cumplir integralmente con los aprendizajes y criterios evaluados.

¿Qué enseñamos realmente en Educación Física?

Si preguntáramos a muchas personas qué aprende un estudiante en nuestra asignatura, probablemente escucharíamos respuestas como correr, saltar, jugar fútbol, practicar deportes o hacer ejercicios.

Todo eso puede formar parte de una clase, pero nuestra área es mucho más amplia.

El currículo ecuatoriano de Educación Física incorpora aprendizajes relacionados con la participación segura en las prácticas corporales, el respeto de reglas y acuerdos, el cuidado propio y de los demás, la construcción de conciencia corporal, la salud, el bienestar y la higiene personal. Incluso desde los primeros niveles educativos, estos elementos aparecen integrados en los objetivos, destrezas y criterios de evaluación del área.

Por eso, cuando en una clase pedimos escucha activa durante la explicación, no estamos exigiendo silencio por capricho.

Cuando delimitamos una zona de seguridad para un lanzamiento, no estamos complicando innecesariamente la actividad.

Cuando explicamos cómo utilizar un implemento, cómo caer después de un salto o cómo realizar determinada acción, seguir la consigna puede evitar una lesión.

He visto suficientes situaciones dentro y fuera del contexto escolar para saber que un segundo de descuido puede terminar en una lesión. Los aprendizajes relacionados con el cuidado y el autocuidado no son accesorios de nuestra materia: forman parte de su sentido educativo.

Lo mismo ocurre con la higiene personal después de la actividad física. Aprender a reconocer las necesidades del cuerpo, cambiarse una prenda húmeda cuando corresponde, mantener hábitos de aseo y cuidar la salud también forma parte de una educación corporal consciente.

Si decimos que educamos integralmente, no podemos evaluar solamente quién llegó primero a la meta.

Un 8 no significa que un estudiante sea “malo” en Educación Física

He tenido estudiantes con muy buenas capacidades físicas que han obtenido una calificación de 8. Esto no significa que sean malos ejecutando actividades físicas. Puede significar que existen otros aspectos de su proceso que todavía necesitan mejorar: participación irregular, incumplimiento de consignas, falta de responsabilidad en determinados hábitos o poca constancia en los criterios establecidos.

También ocurre lo contrario.

Un estudiante puede no ser el más rápido, el más fuerte ni el más coordinado del grupo y demostrar un excelente proceso de aprendizaje. Puede mejorar respecto de su propio punto de partida, esforzarse, comprender las actividades, participar, escuchar, colaborar con sus compañeros, cuidar su cuerpo y actuar responsablemente.

Entonces aparece otra pregunta necesaria:

¿Debemos premiar únicamente al más talentoso o evaluar lo que cada estudiante aprende y demuestra dentro del proceso educativo?

La evaluación en Educación Física no debería convertirse en una selección deportiva. La escuela no está buscando únicamente atletas. Está educando personas.

Por supuesto, esto tampoco significa regalar calificaciones por esfuerzo sin considerar el aprendizaje. Evaluar integralmente no es calificar con lástima ni premiar buenas intenciones. Significa establecer criterios claros, observar procesos, recoger evidencias y valorar los aprendizajes que corresponden al área.

Altas capacidades: destacar en un ámbito no significa obtener automáticamente 10 en todos

Otro argumento que aparece en algunos contextos es la expectativa de que un estudiante identificado con altas capacidades debería obtener las máximas calificaciones en todas las asignaturas.

Aquí es importante evitar generalizaciones.

Un estudiante con altas capacidades puede tener también excelentes capacidades motrices y un desempeño extraordinario en Educación Física. He conocido casos así. También puede ocurrir que otro estudiante con altas capacidades tenga menos experiencias previas de juego, deporte y movimiento, o que necesite desarrollar determinados aspectos físicos, motrices o coordinativos.

Una cosa no contradice la otra.

La literatura especializada reconoce que la alta capacidad y el talento pueden expresarse en dominios académicos y no académicos diferenciados, y existe incluso un campo específico de investigación sobre la identificación y el desarrollo del talento físico. Por eso, no es riguroso asumir que una alta capacidad identificada en un ámbito garantiza automáticamente un desempeño excepcional en todos los demás.

La Educación Física debe evaluar las evidencias correspondientes a sus propios aprendizajes.

No se trata de bajar expectativas para ningún estudiante. Se trata de evaluar justamente aquello que corresponde evaluar.

Cuando detrás del 10 hay algo más

No todas las personas que reclaman una calificación lo hacen por las mismas razones.

Algunos estudiantes quieren obtener los mejores promedios porque se han propuesto metas académicas importantes. Otros aspiran a reconocimientos o puestos de honor. Algunos simplemente son muy competitivos consigo mismos.

Pero existen situaciones más complejas.

Una vez un estudiante me contó que había recibido una cachetada en casa por obtener un 8 en Educación Física.

Ese tipo de situaciones cambia la manera en que uno mira ciertos reclamos.

A veces, cuando un estudiante se muestra excesivamente angustiado por unas décimas, insiste una y otra vez o parece incapaz de aceptar una calificación que objetivamente es muy buena, el docente puede preguntarse qué existe detrás de esa preocupación.

¿Es una exigencia personal?

¿Es miedo a decepcionar?

¿Existe una presión familiar desproporcionada?

¿Teme una reacción en casa?

No siempre lo sabemos.

Y aquí aparece uno de los dilemas más difíciles de la evaluación: mantener criterios claros y actuar con justicia sin dejar de mirar a la persona que tenemos delante.

La evaluación necesita consistencia. Cambiar una calificación únicamente por insistencia sería injusto con quienes cumplieron los criterios establecidos. Pero tampoco quiero defender una educación donde el docente se esconda detrás de una tabla y deje de observar el estado emocional de sus estudiantes.

Hay momentos en los que debemos escuchar, conversar, explicar y, cuando la situación lo requiere, buscar los canales de acompañamiento adecuados.

La flexibilidad pedagógica no debería convertirse en arbitrariedad, pero el rigor tampoco necesita convertirse en indiferencia.

¿Por qué 9,90 parece insuficiente?

Recuerdo una situación en la que una estudiante preguntó por qué tenía 9,90 en lugar de 10.

Revisamos los registros. Existían razones concretas: un criterio incumplido en una ocasión y una ausencia sin justificación registrada.

La respuesta de la estudiante fue sencilla:

—Pero es Educación Física, Profe.

Esa frase contiene buena parte del problema que intento analizar en este artículo.

¿Qué estamos diciendo cuando pensamos que un 9,90 es insuficiente únicamente porque corresponde a Educación Física?

Probablemente, sin darnos cuenta, estamos estableciendo una jerarquía entre asignaturas. En algunas aceptamos que existen criterios exigentes, errores, procesos y diferencias de desempeño. En Educación Física, en cambio, esperamos que la máxima calificación sea casi automática.

Esa percepción no nació de un día para otro y tampoco es responsabilidad exclusiva de los estudiantes o las familias.

Nosotros, los profesionales del área, también debemos mirarnos.

La autocrítica que nos corresponde como docentes

Esta es probablemente la parte más incómoda del artículo, pero considero que debemos hablar de ella.

Si queremos que la Educación Física sea valorada como una disciplina educativa, nuestra propia práctica debe demostrarlo.

En todas las profesiones existen personas comprometidas con hacer bien su trabajo y otras que trabajan con menor rigor. La nuestra no es la excepción.

Durante mi trayectoria profesional he conocido excelentes docentes de Educación Física: profesionales que planifican, observan, adaptan, enseñan, evalúan, registran evidencias y se preocupan genuinamente por el aprendizaje de sus estudiantes.

También he observado prácticas diferentes.

Clases que consisten únicamente en entregar una pelota y decir: “Jueguen”.

Grupos donde no existe una estructura clara.

Estudiantes cuya asistencia no se registra adecuadamente.

Calificaciones que aparecen sin que sea posible identificar con claridad de qué evidencias surgieron.

Filas completas de máximas calificaciones que, más que reflejar procesos idénticos de excelencia, parecen una forma sencilla de evitar reclamos.

Tenemos que ser capaces de decirlo sin ofendernos.

Entregar un balón y permitir que los estudiantes hagan lo que quieran puede generar un momento de entretenimiento, pero eso no convierte automáticamente ese tiempo en una clase de Educación Física.

Una clase tiene una intención pedagógica. Puede ser lúdica, alegre, flexible y divertida, pero necesita saber qué busca enseñar.

Cuando un grupo pasa años entendiendo que Educación Física significa únicamente “tiempo para jugar lo que queramos” y después encuentra a un docente que establece una estructura, explica consignas, define normas de seguridad y evalúa criterios diversos, aparece la resistencia.

De repente, el docente que enseña y evalúa es considerado “demasiado exigente”.

Y aquí debemos preguntarnos con sinceridad: ¿no habremos contribuido nosotros mismos, en algunos casos, a construir la idea de que nuestra asignatura no requiere aprender ni demostrar nada?

Las investigaciones han documentado que muchos docentes de Educación Física perciben su asignatura como marginada o menos valorada dentro del entorno escolar. Pero defender el estatus del área también exige revisar la calidad, la claridad y la intencionalidad de nuestras propias prácticas.

Exigir no significa maltratar

También necesitamos revisar la manera en que utilizamos la palabra “exigente”.

Un docente que establece normas claras no es necesariamente un docente autoritario.

Un docente que pide escuchar una consigna no está intentando controlar por controlar.

Un docente que registra participación, asistencia, aprendizajes y cumplimiento de criterios no está persiguiendo estudiantes.

Y un docente que no coloca 10 a todo el grupo tampoco es automáticamente un mal profesor.

La exigencia pedagógica tiene sentido cuando los criterios son conocidos, coherentes con los objetivos de aprendizaje y aplicados con justicia.

El problema no es exigir.

El problema sería exigir algo que nunca se enseñó, evaluar con criterios desconocidos, cambiar las reglas durante el proceso o utilizar la calificación como castigo.

Por eso, una de nuestras mayores responsabilidades es explicar desde el inicio qué vamos a enseñar, cómo se desarrollará el proceso y qué evidencias serán consideradas para evaluar.

La claridad protege al estudiante y también al docente.

No existe una única manera de enseñar Educación Física

Después de trabajar en diferentes instituciones educativas he aprendido algo importante: un docente no puede llegar a todos los contextos creyendo que existe una sola forma correcta de hacer las cosas.

Cada institución tiene una filosofía educativa, una cultura, una población estudiantil y determinadas formas de organización. Como profesionales, debemos comprender esos contextos y aprender a trabajar dentro de ellos sin perder la esencia pedagógica de nuestra asignatura.

El propio currículo educativo ecuatoriano reconoce espacios de autonomía y flexibilidad pedagógica para que las instituciones adapten la implementación curricular a las necesidades del estudiantado y a las características de su contexto.

Adaptarse no significa renunciar a nuestros principios profesionales.

Significa evolucionar.

A veces tendremos que desaprender ciertas prácticas que funcionaron en otro lugar. En otros momentos tendremos que aprender nuevas metodologías, comprender otras culturas institucionales y modificar la forma en que nos comunicamos o evaluamos.

La experiencia docente no debería convertirnos en personas rígidas que repiten la misma clase durante veinte años.

Debería darnos más herramientas para observar, comprender y tomar mejores decisiones.

Entonces, ¿qué significa realmente merecer un 10?

No creo que exista una respuesta universal, porque cada sistema de evaluación, nivel educativo e institución establece criterios y ponderaciones diferentes.

Pero sí creo que existe un principio general:

La máxima calificación debería representar el cumplimiento excelente de los criterios previamente establecidos, no una cortesía, una forma de evitar reclamos ni una recompensa automática por asistir a clases.

Si evaluamos ejecución motriz, debemos enseñar y observar ejecución motriz.

Si evaluamos participación, debemos definir qué significa participar.

Si evaluamos trabajo en equipo, debemos observar comportamientos relacionados con ese aprendizaje.

Si evaluamos cuidado, seguridad o hábitos vinculados al bienestar corporal, estos deben haber sido enseñados, explicados y acompañados durante el proceso.

Evaluar con rigor también implica que el estudiante sepa qué se espera de él.

Y algo más: una calificación inferior a 10 no es una humillación.

Un 9,50 no es una tragedia.

Un 8 no borra las capacidades de una persona.

La evaluación debería servir para comunicar un proceso, no para determinar el valor de un estudiante.

Reflexión final

Quizás la pregunta inicial no debería ser únicamente por qué todos esperan un 10 en Educación Física.

También podríamos preguntarnos qué hemos hecho, como sociedad y como profesión, para construir esa expectativa.

Las familias necesitan comprender que la Educación Física es una asignatura con aprendizajes y criterios propios.

Los estudiantes necesitan saber que la habilidad física no los exime de aprender a escuchar, cuidarse, respetar acuerdos y actuar responsablemente.

Las instituciones necesitan reconocer el valor educativo del área y ofrecer condiciones coherentes con ese reconocimiento.

Y nosotros, los docentes, necesitamos planificar, enseñar, observar, registrar, retroalimentar y evaluar de una manera que haga visible el verdadero valor de nuestro trabajo.

No necesitamos regalar el 10 para que nuestros estudiantes disfruten la clase.

Tampoco necesitamos convertir la Educación Física en una experiencia rígida y desagradable para demostrar que somos profesionales.

Podemos enseñar jugando, moviéndonos, riendo, cooperando, compitiendo, creando y disfrutando. Esa es precisamente una de las grandes riquezas de nuestra área.

Pero detrás de toda esa experiencia debe existir educación.

Porque Educación Física no es la hora libre del horario escolar.

No es un recreo dirigido.

No es una asignatura en la que todos deben obtener 10 por el simple hecho de presentarse.

Es un espacio para aprender a conocer el cuerpo, desarrollar habilidades, tomar decisiones, convivir, asumir responsabilidades, cuidar de uno mismo y de los demás y construir una relación consciente con el movimiento.

Y si queremos que nuestra profesión sea respetada, también debemos tener el valor de evaluarla con seriedad.

💭 Conversemos

¿Por qué crees que todavía existe la idea de que todos los estudiantes deberían obtener 10 en Educación Física?

Como docente, estudiante o familiar, ¿qué consideras que debería evaluarse realmente en esta asignatura?

La conversación también es necesaria dentro de nuestra profesión. Defender la Educación Física implica explicar su valor, pero también revisar críticamente nuestras propias prácticas.

Referencias

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Kohl, H. W., III, & Cook, H. D. (Eds.). (2013). Educating the student body: Taking physical activity and physical education to school. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/18314

Ministerio de Educación del Ecuador. (2016). Currículo de Educación Física. Ministerio de Educación.

OECD. (2019). Making physical education dynamic and inclusive for 2030: International curriculum analysis. OECD Publishing.

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Worrell, F. C., Subotnik, R. F., Olszewski-Kubilius, P., & Dixson, D. D. (2019). Gifted students. Annual Review of Psychology, 70, 551–576. https://doi.org/10.1146/annurev-psych-010418-102846

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