Cuando el partido termina, pero la violencia continúa. Pasión deportiva, agresión colectiva y doble moral

Un partido dura noventa minutos, cuatro tiempos o algunos sets. Sin embargo, en ocasiones, la violencia continúa mucho después del resultado final. Este artículo invita a reflexionar sobre la agresión que hemos aprendido a normalizar en nombre de la pasión deportiva y sobre la responsabilidad que tenemos los adultos al enseñar, con nuestro ejemplo, qué significa realmente competir.

ARTÍCULO DE REFLEXIÓN PROFESIONAL CON SUSTENTO ACADÉMICO

Mgtr. Haydeé San Lucas

7/11/202617 min read

Cuando el partido termina, pero la violencia continúa

Pasión deportiva, agresión colectiva y doble moral

Por: Mgtr. Haydeé San Lucas P.

Introducción

Este artículo nace a partir del partido entre Ecuador y México durante la Copa Mundial de la FIFA 2026. Sin embargo, no pretende analizar el resultado, discutir decisiones arbitrales ni cuestionar el desempeño de uno u otro equipo.

Lo que realmente despertó esta reflexión ocurrió antes y después del encuentro.

Durante los días previos observé cómo la rivalidad deportiva comenzaba a transformarse en insultos, burlas y descalificaciones entre personas que ni siquiera se conocían. Pensé que todo terminaría con el pitazo final. Me equivoqué. Los días siguientes estuvieron marcados por una ola de comentarios ofensivos, ataques entre aficionados e incluso expresiones dirigidas contra pueblos enteros, como si un partido de fútbol fuera suficiente para justificar cualquier forma de agresión.

Mientras leía muchas de esas publicaciones recordé algo que he aprendido a lo largo de mi vida profesional: el deporte tiene un enorme potencial para educar, pero también puede convertirse en un espacio donde se aprenden conductas que poco tienen que ver con los valores que decimos defender.

Fue entonces cuando dejé de pensar en Ecuador, en México o en un resultado deportivo, y comencé a hacerme preguntas mucho más importantes.

¿Por qué normalizamos ciertas formas de violencia cuando ocurren alrededor del deporte?

¿Por qué juzgamos una misma conducta de manera diferente según quién la comete?

¿Y qué estamos enseñando a los niños cuando los adultos convertimos una rivalidad deportiva en una enemistad que continúa mucho después de que el partido ha terminado?

De esas preguntas nace esta reflexión.

Recuerda: Los partidos terminan. Las enseñanzas que dejan nuestras conductas pueden acompañar a los niños durante toda la vida.

El partido terminó... ¿por qué seguimos peleando?

Hace algunos días terminé de ver un partido de fútbol. Como ocurre en muchas competencias importantes, hubo emociones intensas, celebraciones, reclamos, decisiones arbitrales discutidas y, por supuesto, un ganador y un perdedor.

Hasta ahí, nada fuera de lo normal.

Lo que realmente me hizo reflexionar ocurrió después.

Durante los días siguientes seguí viendo publicaciones relacionadas con ese encuentro. Al principio pensé que encontraría análisis tácticos, opiniones sobre el rendimiento de los equipos o debates acerca de algunas jugadas polémicas. Sin embargo, gran parte de los comentarios no hablaban de fútbol.

Lo que encontré fueron insultos, burlas, palabras ofensivas dirigidas no solamente hacia jugadores o entrenadores, sino hacia pueblos enteros, nacionalidades completas y personas que ni siquiera habían participado en el partido.

Lo más curioso era que muchas de esas discusiones aparecían incluso en publicaciones que ya no tenían relación con el encuentro. El partido había terminado, pero la pelea seguía viva.

Y entonces me hice una pregunta que todavía continúa dando vueltas en mi cabeza:

¿Qué nos está pasando como sociedad cuando un partido termina, pero la agresión continúa?

La pasión no puede convertirse en permiso

Quiero aclarar algo desde el inicio: Me gusta la competencia, disfruto el deporte.

Entiendo perfectamente la emoción que produce una final, un campeonato o un partido decisivo. También comprendo la frustración cuando el resultado no favorece al equipo que apoyamos. Sería ingenuo pensar que el deporte no despierta emociones intensas; precisamente por eso nos apasiona.

Pero hay una diferencia importante entre vivir intensamente una competencia y utilizar esa emoción como justificación para cualquier comportamiento.

Con frecuencia escuchamos frases como:

"Así es el fútbol."

"Eso siempre ha pasado."

"Es parte de la rivalidad."

"No aguanta una broma."

Y poco a poco comenzamos a aceptar situaciones que, si ocurrieran en otro contexto, probablemente rechazaríamos sin dudar.

No creo que el problema sea la pasión.

El problema aparece cuando dejamos de distinguir dónde termina la pasión y dónde comienza la falta de respeto.

Porque una cosa es celebrar con entusiasmo, bromear sanamente con los amigos o lamentar una derrota. Otra muy distinta es utilizar el deporte como excusa para insultar, humillar o atacar a personas que piensan diferente o que simplemente apoyan a otro equipo.

La pasión explica nuestras emociones, pero no debería justificar nuestras agresiones.

Cuando la violencia deja de parecernos violencia

Hay algo que me preocupa especialmente.

Creo que nos hemos acostumbrado a ciertas conductas hasta el punto de dejar de percibirlas como realmente son.

Cuando miles de personas insultan al mismo tiempo, muchas veces dejamos de verlo como una agresión y comenzamos a llamarlo "ambiente de estadio". Cuando un grupo entero se burla del rival, decimos que forma parte del espectáculo. O cuando una publicación en redes sociales se llena de comentarios ofensivos, algunos lo interpretan como humor o folclore deportivo.

Y cuando alguien cuestiona esas conductas, no falta quien responda que el deporte siempre ha sido así.

¿De verdad siempre ha sido así?

¿O simplemente nos acostumbramos tanto que dejamos de cuestionarlo?

A veces me pregunto si aceptaríamos esos mismos comentarios en una reunión familiar, en una escuela, en una universidad o en nuestro lugar de trabajo.

Probablemente no.

Entonces, ¿por qué dentro del deporte sí parecen aceptables?

Creo que aquí ocurre algo muy curioso: cuando la agresión es colectiva, la responsabilidad parece desaparecer.

Cada persona siente que únicamente está siguiendo la corriente del grupo.

Nadie se considera responsable porque, al fin y al cabo, "todos lo están haciendo".

Sin embargo, una agresión no deja de ser agresión porque muchas personas participen en ella.

La cantidad de voces no transforma el respeto en irrespeto ni convierte el insulto en algo educativo.

El rival nunca debería convertirse en enemigo

Hay una idea que considero fundamental y que, en ocasiones, olvidamos con demasiada facilidad: el rival no es nuestro enemigo. En realidad, es justamente quien hace posible que exista la competencia. Sin un adversario no habría partido, campeonato, récord que superar ni oportunidad de demostrar cuánto hemos aprendido o entrenado. El rival también dedica tiempo, esfuerzo y sacrificio para llegar a ese momento, y precisamente por eso merece nuestro respeto.

Sin embargo, hay ocasiones en las que dejamos de hablar del encuentro deportivo y comenzamos a dirigir nuestras emociones hacia las personas. Primero cuestionamos una jugada, luego criticamos al jugador, después al equipo y, casi sin darnos cuenta, terminamos atacando a toda una afición, una ciudad o incluso a un país entero. Esa escalada me preocupa profundamente porque, en ese punto, el deporte deja de ser el centro de la conversación y comienza a aparecer algo mucho más peligroso: el prejuicio.

No podemos responsabilizar a millones de personas por las acciones de unas cuantas. Tampoco deberíamos permitir que una rivalidad deportiva se convierta en un motivo para despreciar a quienes piensan, viven o nacieron en un lugar diferente al nuestro. Cuando eso ocurre, ya no estamos defendiendo a nuestro equipo; estamos perdiendo la capacidad de reconocer la dignidad de las personas que están al otro lado.

Creo que el deporte tiene la maravillosa posibilidad de reunir a personas con historias, culturas e idiomas distintos alrededor de una misma pasión. Sería una contradicción enorme que aquello que nació para encontrarnos termine convirtiéndose en una excusa para separarnos.

La doble moral con la que juzgamos la violencia

Hay otro aspecto que me ha hecho pensar mucho durante estos días, y es la forma en que reaccionamos dependiendo de quién realiza una determinada conducta.

No me refiero únicamente al deporte. Creo que ocurre también en otros ámbitos de la vida, pero en el deporte se vuelve mucho más evidente.

Cuando la provocación viene de nuestro lado, solemos encontrar rápidamente una explicación. Decimos que fue parte de la celebración, que se dejó llevar por la emoción o que simplemente estaba disfrutando el momento. En cambio, cuando una conducta similar proviene del rival, inmediatamente hablamos de falta de respeto, de antideportividad o de la necesidad de aplicar sanciones ejemplares.

Lo mismo sucede con las burlas. Nos reímos cuando el blanco de la broma es otro, pero nos cuesta aceptar ese mismo comportamiento cuando somos nosotros quienes recibimos el comentario. Parece que el criterio cambia dependiendo del color de la camiseta que llevemos puesta.

No estoy diciendo que todas las conductas tengan la misma gravedad. Un comentario ofensivo no es igual que una amenaza, y una amenaza nunca será comparable con una agresión física. Cada situación debe analizarse según su contexto y sus consecuencias. Lo que sí me preocupa es que, muchas veces, dejamos de evaluar los hechos para comenzar a evaluar únicamente quién los protagonizó.

Cuando eso ocurre, la justicia empieza a perder objetividad.

Y el deporte, que debería ayudarnos a desarrollar criterio, termina reforzando nuestros prejuicios.

¿Justicia o venganza?

Vivimos en una época en la que las redes sociales nos permiten opinar prácticamente sobre cualquier acontecimiento apenas ocurre. Eso tiene aspectos muy positivos, pero también ha provocado que, en ocasiones, confundamos el deseo de justicia con el deseo de venganza.

Cuando un deportista, un entrenador, un árbitro o un aficionado actúa de forma incorrecta, es completamente válido pedir que esa conducta sea investigada y que, si corresponde, reciba las sanciones establecidas por los reglamentos. Eso forma parte del funcionamiento de cualquier sociedad organizada.

Lo que me preocupa es cuando dejamos de buscar justicia y comenzamos a buscar destrucción.

He visto comentarios donde ya no basta con que una persona sea sancionada. Se pide que pierda su trabajo, que nunca vuelva a ejercer su profesión, que sea insultada públicamente o que reciba odio durante semanas. En algunos casos, incluso se termina atacando a personas que no tuvieron ninguna participación en los hechos, simplemente porque comparten la misma nacionalidad o apoyan al mismo equipo.

Y allí vuelvo a preguntarme: ¿en qué momento dejamos de analizar una conducta para empezar a condenar a todo un colectivo?

No podemos construir una sociedad más respetuosa respondiendo al irrespeto con más irrespeto.

La violencia rara vez termina cuando respondemos con la misma moneda. Generalmente ocurre lo contrario: se multiplica.

Los niños siempre están aprendiendo... incluso cuando creemos que no

Hay una frase que escuché hace muchos años y que nunca he podido olvidar: los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos.

Cada vez estoy más convencida de que esa frase tiene mucho de verdad.

Los adultos solemos preocuparnos por enseñar valores a través del deporte. Hablamos del respeto, del trabajo en equipo, de la disciplina, de la resiliencia, del juego limpio y de la solidaridad. Organizamos charlas, escribimos reglamentos y repetimos una y otra vez que el deporte forma personas.

Pero los niños no solamente escuchan nuestros discursos, también observan nuestras reacciones, observan cómo hablamos del árbitro cuando una decisión no nos favorece, escuchan la forma en que nos referimos al rival, ven cómo reaccionamos cuando perdemos y cómo celebramos cuando ganamos.

Perciben si somos capaces de felicitar al equipo contrario o si buscamos cualquier excusa para justificar una derrota.

En otras palabras, aprenden del ejemplo mucho antes que de nuestras palabras.

Por eso me preocupa tanto cuando veo torneos infantiles donde los únicos que parecen disfrutar del juego son los niños, mientras algunos adultos convierten las gradas en un espacio de discusión permanente.

Una confesión que también forma parte de esta historia

Quiero compartir algo que pocas veces he contado.

Sería muy fácil escribir este artículo desde la comodidad de señalar los errores de los demás, como si yo siempre hubiera tenido completamente clara esta forma de entender el deporte.

La realidad es otra.

En algún momento de mi vida también formé parte del problema.

No porque fuera una persona violenta, sino porque muchas de esas conductas estaban tan normalizadas que ni siquiera me detenía a cuestionarlas. Como ocurre con tantas personas que crecemos dentro del deporte competitivo, había cosas que simplemente parecían "normales".

Con el paso del tiempo tuve la oportunidad de trabajar como facilitadora del programa Deporte para Todos, una experiencia que me permitió descubrir otra manera de comprender la actividad física y el deporte. Poco después llegó otra oportunidad que marcó profundamente mi vida profesional: impartir el Programa de Educación en Valores Olímpicos (PEVO) promovido por el Comité Olímpico Ecuatoriano.

Fue allí donde comprendí que hablar de valores no consiste únicamente en mencionarlos durante una capacitación o escribirlos en una planificación. Los valores se ponen a prueba precisamente cuando las emociones son más intensas: cuando perdemos una final, cuando un árbitro se equivoca, cuando sentimos que una decisión fue injusta o cuando el rival consigue aquello que nosotros deseábamos.

No voy a decir que hoy hago todo perfectamente. Sería mentira.

Todavía tengo mucho que aprender.

Todavía hay situaciones que me hacen enojar y momentos en los que debo recordarme a mí misma cuál es la clase de deporte que quiero promover.

Pero también puedo decir que he cambiado mucho. Y ese cambio no nació porque alguien me obligara a pensar diferente. Nació porque comprendí que el verdadero legado del deporte no son únicamente las medallas, los trofeos o los resultados. El verdadero legado está en la clase de personas que ayudamos a formar mientras competimos.

Los torneos infantiles también enseñan, aunque no siempre lo que esperamos

Cuando hablamos de deporte formativo solemos repetir que los niños aprenden disciplina, respeto, trabajo en equipo, resiliencia y fair play. Todo eso puede ser verdad, pero no ocurre automáticamente por el simple hecho de participar en una competencia. El deporte no transmite valores por sí solo; necesita adultos capaces de enseñarlos, sostenerlos y demostrarlos con sus propias conductas.

He visto torneos infantiles y juveniles donde los niños están jugando mientras los adultos parecen estar librando una guerra. Padres que gritan desde las gradas, entrenadores que pierden el control, discusiones con árbitros, reclamos desproporcionados y comentarios ofensivos hacia los niños del equipo contrario. Y tengo que reconocer algo que no siempre resulta cómodo decir: en algún momento de mi vida yo también formé parte del problema.

No porque quisiera enseñar violencia ni porque pensara que estaba haciendo daño. Simplemente había conductas que estaban tan normalizadas dentro del deporte que parecían parte natural de la competencia. Reaccionar con enojo, reclamar con fuerza, hablar mal del rival o justificar ciertas actitudes porque estaban “defendiendo al equipo” podía parecer algo común.

Con el tiempo, mi experiencia profesional me permitió mirar el deporte desde otra perspectiva. Tuve la oportunidad de trabajar como facilitadora de Deporte para Todos y allí profundicé en los valores olímpicos. Más adelante también me correspondió impartir el Programa de Educación en Valores Olímpicos, conocido como PEVO, ofrecido por el Comité Olímpico Ecuatoriano. Esa experiencia me llevó a revisar mis propias conductas y a comprender que no basta con decirles a los niños que respeten al rival, al árbitro y las reglas si los adultos no somos capaces de demostrarlo con nuestras acciones.

He mejorado mucho, pero todavía tengo cosas que aprender. El autocontrol, la coherencia y el respeto también se entrenan. No se alcanzan de una vez y para siempre. Se ponen a prueba cada vez que perdemos, cuando sentimos que una decisión fue injusta, cuando alguien nos provoca o cuando el resultado no corresponde con lo que esperábamos.

Los niños aprenden del ambiente que construimos

Los niños no solamente escuchan lo que les decimos antes de un partido. También observan cómo reaccionamos durante la competencia y qué hacemos después.

Podemos hablarles de respeto durante toda la semana, pero si el día del torneo insultamos al árbitro, el mensaje que finalmente reciben es otro. Podemos pedirles que acepten la derrota, pero si nosotros buscamos culpables, humillamos al rival o discutimos durante horas por una decisión, les estamos enseñando que perder es algo que debe responderse con enojo.

También aprenden de la forma en que celebramos. Una cosa es sentir alegría por una victoria y otra convertir esa alegría en una oportunidad para burlarse del que perdió. La humildad también forma parte del deporte, aunque muchas veces se mencione menos que la disciplina o el esfuerzo.

Los adultos tenemos una gran responsabilidad porque somos quienes construimos el ambiente alrededor de la competencia. Un niño puede estar dispuesto a jugar, aprender y disfrutar, pero si desde las gradas recibe presión, insultos o expectativas desmedidas, la experiencia cambia por completo.

El rival también ayuda a crecer

A veces olvidamos que el rival también cumple una función educativa. Nos obliga a esforzarnos, a buscar soluciones, a reconocer nuestras debilidades y a mejorar.

Cuando un niño aprende a respetar al equipo contrario, también aprende que la competencia no necesita convertirse en enemistad. Puede querer ganar con todas sus fuerzas, competir con intensidad y defender a su equipo sin atacar la dignidad de los demás.

Esto es importante porque, en algunos espacios, se enseña que para competir hay que odiar. Se construyen discursos donde el rival debe ser humillado, donde el árbitro es enemigo y donde perder se vive como una afrenta personal.

Esa no es la única forma de competir.

Podemos formar deportistas fuertes, ambiciosos y comprometidos sin convertirlos en personas incapaces de reconocer el mérito de otro.

Fair play es más que cumplir las reglas

Cuando hablamos de fair play, muchas personas piensan únicamente en no hacer trampa. Sin embargo, el juego limpio es mucho más amplio.

También implica aceptar las decisiones arbitrales dentro de los canales correspondientes, controlar las propias acciones, competir con honestidad, reconocer al rival, respetar los acuerdos y comprender que ganar no justifica cualquier conducta.

Un deportista puede cumplir técnicamente las reglas y, al mismo tiempo, actuar con burla, desprecio o provocación constante. Por eso la formación en valores no debe quedarse solamente en el reglamento escrito.

El fair play también se nota en la forma de saludar antes del encuentro, en la manera de reaccionar después de una derrota, en la capacidad de ayudar a un rival que cayó o en la decisión de no aprovecharse de una situación injusta.

Estos aprendizajes no siempre aparecen en una planilla de resultados, pero forman parte del verdadero sentido educativo del deporte.

Aprender a perder también es una victoria

Vivimos en una sociedad que celebra mucho el éxito y habla poco de la derrota.

Sin embargo, perder forma parte del deporte y de la vida.

Un niño que aprende a perder sin derrumbarse, sin buscar culpables y sin agredir está desarrollando herramientas importantes para el futuro. Está aprendiendo a tolerar la frustración, revisar sus errores, volver a intentarlo y comprender que un resultado no define su valor como persona.

La resiliencia no consiste en fingir que no duele perder. Consiste en atravesar esa emoción, aprender de ella y continuar.

Por eso, cuando un adulto intenta evitarle al niño toda frustración, culpa al árbitro o desacredita al rival para justificar una derrota, puede estar impidiendo una de las lecciones más valiosas que el deporte puede ofrecer.

Ganar también requiere educación

Así como debemos enseñar a perder, también necesitamos enseñar a ganar.

Una victoria puede ser motivo de alegría, orgullo y celebración. Pero también puede convertirse en una prueba de carácter.

¿Cómo celebramos?

¿Reconocemos el esfuerzo del rival?

¿Nos burlamos?

¿Humillamos?

¿Actuamos como si ganar nos diera derecho a decir cualquier cosa?

La verdadera grandeza deportiva no se demuestra únicamente en el resultado. También se muestra en la forma en que tratamos a quienes compitieron con nosotros.

Un niño que aprende a ganar con humildad estará mejor preparado para comprender que el éxito no lo coloca por encima de los demás.

Hace algún tiempo descubrí una enseñanza del estoicismo que desde entonces me acompaña. Sus filósofos defendían la idea de que no siempre podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a gobernar nuestra manera de responder. Mientras más años llevo trabajando en el deporte y en la educación, más sentido encuentro en esa reflexión. No elegimos el resultado de una competencia, las decisiones arbitrales ni las acciones del rival, pero sí podemos decidir qué clase de persona queremos ser frente a cada una de esas situaciones.

El deporte que queremos dejarles

Cuando pienso en el deporte que deseo para las próximas generaciones, no imagino competencias sin emociones, sin intensidad ni rivalidad. Eso sería quitarle una parte importante de su esencia.

Quiero un deporte apasionante.

Quiero niños que se esfuercen, que sueñen con ganar, que celebren sus avances y que se sientan orgullosos de representar a su equipo.

Pero también quiero que puedan mirar al rival y reconocer a una persona.

Quiero que sepan reclamar sin agredir, competir sin humillar y defender sus colores sin convertir al otro en alguien despreciable.

Y, sobre todo, quiero que entiendan que el resultado importa, pero no más que la forma en que llegaron a él.

Porque cuando termina el partido, queda algo mucho más importante que el marcador: la persona en la que nos estamos convirtiendo mientras jugamos.

El deporte que todavía estamos a tiempo de construir

Después de todo lo que he reflexionado en estas páginas, me quedé pensando en algo:

Es muy fácil decir que el deporte forma valores. Lo repetimos en congresos, capacitaciones, reuniones de padres, entrevistas y hasta en las inauguraciones de los torneos. Pero mientras más años llevo trabajando en este mundo, más convencida estoy de que los valores no aparecen por arte de magia cuando un niño se pone un uniforme.

Los valores los enseñamos nosotros.

Los enseñamos cuando un entrenador felicita a un jugador del equipo contrario porque hizo un buen partido. Los enseñamos cuando un padre decide guardar silencio en lugar de insultar al árbitro. Los enseñamos cuando un docente reconoce el esfuerzo de un estudiante, aunque el resultado todavía no sea el esperado. Los enseñamos cuando un deportista acepta una derrota con respeto y vuelve a entrenar al día siguiente con las mismas ganas de seguir creciendo.

Y también enseñamos lo contrario cuando perdemos el control.

Por eso creo que este artículo no habla realmente de un partido de fútbol. Ese partido fue solamente el punto de partida para hacerme muchas preguntas. En realidad, esta reflexión habla del tipo de personas que estamos formando cada vez que un niño entra a una cancha, a un coliseo, a una piscina o a cualquier escenario deportivo.

A veces pensamos que educar consiste únicamente en enseñar una técnica, mejorar una marca o preparar un equipo para ganar un campeonato. Claro que todo eso es importante. A todos nos gusta ver el resultado del esfuerzo y sentir la satisfacción de alcanzar una meta. Pero hay algo que, para mí, tiene todavía más valor.

¿Qué clase de persona será ese niño cuando tenga treinta o cuarenta años?

¿Sabrá trabajar con otros?

¿Aceptará una derrota sin buscar culpables?

¿Será capaz de reconocer el mérito de alguien que lo hizo mejor?

¿Podrá controlar su enojo cuando las cosas no salgan como esperaba?

Al final, esas son las preguntas que realmente me interesan.

Ojalá algún día dejemos de pensar que el éxito de un deportista se mide únicamente por la cantidad de medallas que ganó. Me gustaría que también pudiéramos sentirnos orgullosos de quienes son respetuosos, honestos, solidarios, resilientes y capaces de competir con intensidad sin perder de vista que al frente siempre habrá otra persona que merece el mismo respeto que ellos esperan recibir.

No estoy diciendo que sea fácil.

Yo misma he tenido que aprender muchas de estas cosas. Algunas todavía las sigo aprendiendo. Como conté hace unas páginas, hubo un momento en que también normalicé ciertas conductas porque así las había visto durante muchos años. Cambiar esa forma de mirar el deporte ha sido un proceso que continúa hasta hoy.

Tal vez por eso escribí este artículo.

No para señalar con el dedo a nadie.

No para decir quién tuvo la culpa o quién empezó primero.

Lo escribí porque creo que todavía estamos a tiempo de construir un deporte diferente. Un deporte donde la pasión siga existiendo, donde la emoción continúe siendo parte del juego y donde ganar siga siendo una alegría enorme, pero donde todo eso nunca sea una excusa para faltar al respeto a otra persona.

Si logramos eso, no solamente estaremos formando mejores deportistas.

Estaremos formando mejores seres humanos.

Y, sinceramente, creo que ese siempre debería ser el resultado más importante.

💭 Conversemos

Me gustaría terminar haciéndote una invitación.

Más allá del partido que dio origen a esta reflexión, ¿qué tipo de deporte quieres que aprendan los niños que hoy nos están observando?

¿Uno donde el rival sea un enemigo al que hay que humillar?

¿O uno donde competir sea una oportunidad para crecer, aprender y descubrir la mejor versión de nosotros mismos?

Me encantaría leer tu opinión. Porque estoy convencida de que los grandes cambios no comienzan cuando cambia el reglamento. Comienzan cuando cada uno de nosotros decide cambiar la manera en que vive y entiende el deporte.

Referencias

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Shields, D. L., & Bredemeier, B. L. (2009). True Competition: A Guide to Pursuing Excellence in Sport and Society. Human Kinetics.

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