Antes de prevenir, tenemos que aprender a mirar. Cómo la prevención, la educación y las redes de apoyo pueden cambiar el rumbo de una historia.
La prevención comienza mucho antes de que aparezca el problema. En este artículo, la Psicóloga Rosario Ayala reflexiona sobre la discapacidad, los factores de riesgo y el papel de la familia, la escuela y la sociedad para construir oportunidades antes de que sea demasiado tarde.
ARTÍCULOS DE OPINIÓN/REFLEXIÓN PROFESIONAL
Psc. Rosario Ayala
7/26/20265 min read


Antes de prevenir, tenemos que aprender a mirar
Cómo la prevención, la educación y las redes de apoyo pueden cambiar el rumbo de una historia.
Por: Psc. Rosario Ayala
Columnista de ConCiencia en Movimiento
Brenda Carolina era muy joven cuando quedó embarazada. Mientras otras jóvenes de su edad hablaban de estudios, planes y sueños, ella intentaba comprender cómo su vida había cambiado tan rápidamente. No había una sola causa ni una única decisión que explicara cómo había llegado hasta allí.


Había una historia anterior: ausencias, silencios, poca información, decisiones tomadas buscando afecto y adultos que quizá no supieron mirar a tiempo. Su bebé nació con una condición genética y vivió apenas dieciocho días.
Años después, Brenda Carolina comprendería algo importante: no todas las situaciones pueden prevenirse, pero existen historias en las que podemos aprender a llegar antes.
Imagen generada con IA
Hace algunos años desarrollé un proyecto dirigido a jóvenes sobre prevención de la discapacidad intelectual. Lo llamamos “Jóvenes dejando huella”. Al volver a encontrar aquel material, muchos años después, hubo una imagen que volvió a detenerme: un círculo.
En él aparecían factores como la baja autoestima, la violencia física y sexual, el embarazo temprano, la mala alimentación, el consumo de alcohol y drogas, la baja escolaridad y la falta de afecto en la familia. Lo llamé el círculo de los factores de riesgo.
Hoy lo observo desde una mirada enriquecida por los años, la psicología y mi recorrido profesional en el campo de la discapacidad. Y encuentro en él una pregunta que sigue profundamente vigente: ¿por qué insistimos en mirar los problemas humanos de manera aislada?
Miramos el resultado, pero pocas veces la historia
Vemos a una joven embarazada y hablamos únicamente del embarazo. Vemos a un adolescente que abandona la escuela y hablamos de deserción escolar. Cuando existe consumo de alcohol o drogas, rápidamente señalamos las malas decisiones. Frente a una situación de violencia, incluso llegamos a preguntar por qué la persona no buscó ayuda antes.
Con demasiada frecuencia observamos el último acontecimiento de una historia sin preguntarnos qué ocurrió antes.
La vida de las personas no se construye a partir de hechos aislados. Se construye dentro de redes de relaciones, oportunidades, ausencias, experiencias y contextos que interactúan entre sí.
Un adolescente que crece sintiéndose querido y escuchado desarrolla herramientas distintas de aquel que ha aprendido a resolver sus conflictos en soledad. Quien tiene acceso a información clara puede tomar decisiones desde un lugar diferente de quien debe descubrir el mundo sin orientación. Una red de apoyo, una oportunidad educativa o la presencia de un adulto significativo pueden modificar el rumbo de una historia.
Comprender estos factores no significa eliminar la responsabilidad individual. Significa reconocer que las decisiones humanas también se construyen dentro de un contexto.
Prevenir no es señalar
Hablar de prevención no debería significar asustar, señalar ni culpabilizar. Prevenir es educar. Es generar condiciones para que una persona pueda reconocer riesgos, comprender sus derechos y tomar decisiones informadas sobre su vida.
Cuando hablamos de discapacidad debemos hacerlo, además, con especial responsabilidad. No todas las discapacidades pueden prevenirse. Existen condiciones genéticas, congénitas y adquiridas que no dependen de una decisión individual o familiar. Pretender lo contrario puede conducir a discursos injustos y profundamente culpabilizantes.
Sin embargo, existen factores de riesgo sobre los cuales sí podemos intervenir. El acceso a controles médicos durante el embarazo, una atención adecuada durante el nacimiento, la nutrición, la vacunación, la detección temprana de señales de alerta en el desarrollo, la protección frente a la violencia, la educación en sexualidad y el acompañamiento emocional son parte de una visión integral de la prevención.
Desde esta perspectiva, prevenir deja de ser únicamente una responsabilidad individual. Es también una responsabilidad familiar, educativa, sanitaria y social.
Pero si realmente queremos hablar de prevención, hay una realidad que no podemos observar únicamente desde las cifras: el embarazo durante la adolescencia.
Hace años utilicé una frase sencilla para hablar con jóvenes: “Todo tiene su tiempo”. Hoy sigo creyendo en su mensaje, aunque mi experiencia me ha enseñado a formularlo de otra manera:
“No basta con decirle a un adolescente que espere; debemos ayudarle a construir algo por lo que quiera esperar”
El maestro puede ser quien vea a tiempo
En este proceso, la escuela ocupa un lugar privilegiado y los maestros tienen un rol que pocas veces reconocemos en toda su dimensión.
Durante la adolescencia, un docente puede ser mucho más que la persona encargada de enseñar una asignatura. En ocasiones es el primer adulto que observa que algo ha cambiado: las ausencias frecuentes, un descenso repentino en el rendimiento, el aislamiento, una conducta agresiva que apareció recientemente, el cansancio constante o la pérdida de interés por actividades que antes eran importantes para el estudiante.
La conducta también comunica.
Esto no significa que los maestros deban convertirse en psicólogos, médicos o investigadores. Significa fortalecer su capacidad de observación y brindarles herramientas para reconocer señales de alerta y conocer las rutas de apoyo disponibles.
A veces, detrás del estudiante que calificamos como “difícil”, existe un adolescente atravesando una situación difícil. Una pregunta realizada con respeto, una escucha sin juicio o una referencia oportuna hacia los profesionales correspondientes pueden cambiar el rumbo de una historia.
Durante años hemos pedido a los docentes que enseñen contenidos, cumplan programas y alcancen indicadores. Quizá también necesitamos reconocer que, por la cercanía cotidiana que mantienen con sus estudiantes, pueden convertirse en figuras importantes dentro de las redes de prevención y protección.
“El maestro no tiene que resolver la historia del adolescente.
Pero puede ser quien la vea a tiempo”
Aprender a llegar antes
Han pasado años desde que construí aquel círculo de colores para conversar con jóvenes sobre los factores de riesgo. Hoy sigo recorriendo comunidades, trabajando en discapacidad y escuchando historias que me recuerdan que muchas veces nuestras instituciones, familias y sistemas llegan demasiado tarde.
Llegamos cuando el adolescente ya abandonó la escuela. Cuando ocurrió el embarazo. Cuando la violencia dejó consecuencias. Cuando una señal de alerta en el desarrollo lleva meses, quizá años, esperando atención.
Tal vez necesitamos aprender a llegar antes.
Llegar antes no significa controlar la vida de las personas ni decidir por ellas. Significa acompañar, informar, educar y construir redes de apoyo que permitan reconocer alternativas.
Hace años llamé a aquel proyecto” Jóvenes dejando huella”. Al reencontrarlo comprendí que su mensaje continúa vigente. Prevenir también significa dejar una huella de información, cuidado y oportunidades en la vida de una persona antes de que tenga que enfrentar solas decisiones para las que nadie la preparó.
Y quizá, antes de preguntarnos por qué un joven tomó determinada decisión, deberíamos atrevernos a formular una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué herramientas le dimos para poder decidir diferente?

